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24 nov 2008

La cama grande....©Aïcha 2015


Mi madre tenía una cama grande
 donde mi hermana y yo nos refugiabamos muchas noches, a charlar de nuestras cosas hasta bien entrada la madrugada.
 En sus sabanas se mezclaba siempre el olor a suavizante y perfume, tenia una tibieza especial, un refugio de confidencias y ternura.
Siempre que volvía de viaje dormía en su cama a pesar de tener mi dormitorio preparado, era como un ritual, un volver a estar juntas y compartir nuestro calor, nuestras charlas y la cama grande.
Hoy hemos vuelto, para vender la casa, años despues.
 Nos hemos acostado en esa cama inmensa, que ya no nos lo parece tanto, que ya no es tan tibia. Hemos estado en silencio, mi hermana y yo, disfrutando de ese postumo instante, saboreando por última vez lo que queda: el recuerdo inolvidable de mi madre, y su cama grande.

26 oct 2008

Feelings-Morris Albert

Si hubo alguna vez una canción que me llegara al alma y al corazón...
FEELINGS (Morris Albert)

Feelings, nothing more than feelings,
trying to forget my feelings of love.
Teardrops rolling down on my face,
trying to forget my feelings of love.

Feelings, for all my life I’ll feel it.
I wish I’ve never met you, girl; you’ll never come again.

Feelings, wo-o-o feelings,
wo-o-o, feel you again in my arms.

Feelings, feelings like I’ve never lost you
and feelings like I’ve never have you again in my heart.

Feelings, for all my life I’ll feel it.
I wish I’ve never met you, girl; you’ll never come again.

Feelings, feelings like I’ve never lost you
and feelings like I’ve never have you again in my life.

Feelings, wo-o-o feelings,
wo-o-o, feelings again in my arms.
Feelings…(repeat & fade)


Sentimientos, nada mas que sentimientos,
tratando de olvidar mis sentimientos de amor.
lágrimas rodando por mi cara,
tratando de olvidar mis sentimientos de amor.

Sentimientos, por toda mi vida los sentiré
Ojalá nunca te hubiera conocido, chica; Nunca vendrás de nuevo.

Sentimientos, wo-o-o sentimientos,
wo-o-o, sentimientos nuevamente en mis brazos.

Sentimientos, sentimientos como si nunca te hubiera perdido
y sentimientos como si nunca te he tenido nuevamente en mi corazón.

Sentimientos, por toda mi vida los sentiré
Ojalá nunca te hubiera conocido, chica; Nunca vendrás de nuevo.

Sentimientos, sentimientos como si nunca te hubiera perdido
y sentimientos como si nunca te he tenido nuevamente en mi vida.

Sentimientos, wo-o-o sentimientos,
wo-o-o, sentimientos nuevamente en mis brazos.
Sentimientos… wo-o-o feelings(repetir y desvanecer)

19 oct 2008

Quiero vivir-Aïcha


Aquella mujer que había dentro de ella nunca vio la luz del día. Sus puertas y ventanas siempre estuvieron cerradas, nadie nunca se digno abrirlas, y dejarla salir.

Desde la penumbra de su soledad, vio pasar la vida al son y al gris de los demás.

Primero la tiranía de un padre autoritario, y una madre condescendiente. Después al capricho y voluntad de un marido egoísta, al antojo y exigencias de unos hijos egoístas y perpetradores de los ejemplos a no seguir.

La mujer que hay dentro de ella hoy golpea las puertas y ventanas y grita:

- ¡Quiero salir!, quiero ver el color de la vida, quiero vivir!

1 oct 2008

Para nada..-Aïcha

Te he buscado en el ajetreo de la mañana,
en el recóndito suspiro de una adolecente,
en el paso cansino de un anciano,
te he buscado en el hueco de mi mano.
A las puertas de mi otoño,
En los cristales de lluvia prendidos en mi ventana,
En el suspiro de un amor lejano.
Te he buscado en el rostro encallecido
de mi padre, en las canas de mi madre
en la sonrisa de mi hermano.
Busqué y busqué en los árboles,
en las ramas, en las cuevas
en las charcas,
para nada...
Te he buscado, amor del alma,
para nada...

12 ago 2008

En los subsuelos de la gran ciudad_Aïcha



En los subsuelos de la gran ciudad existe un mundo paralelo, oscuro, siniestro. Organizado por una rígida jerarquía, donde los seres no tienen nombres ni cara, solo números.
Se controlan desde la clasificación numérica, y aunque viven en autentica democracia los números tutelan sus existencias.
Su número de Documento Nacional de Identidad.
Su número de la Seguridad Social.
Su número de portal.
Su número de piso.
Su número de puerta.
Su número de teléfono.
Su número de cuenta bancaria.
Su número de apartamiento.
Su número de socio del club de golf.
Su número en el equipo de futbol.
Su número en la carnicería.
Su matrícula.
Su clave del cajero automático.
Su clave en el ordenador.
Su clave en el móvil.
El número de hijos,
de padres,
de suegros,
de primos,
de esposas….
El día de su nacimiento,
Su cumpleaños,
Su aniversario de boda,
El cumple de los niños.
El día de su muerte…

En fin así viven en los subsuelos de la gran ciudad
Estos seres que nacieron libres y sin numerar,
Pero no temas,
Tú vives en la superficie,
Respiras aire puro sin contaminar,
En absoluta libertad,
Sin clasificar, sin controlar…
¿O no?.....
¿O sí?....

10 jul 2008

A orillas de tu vientre-Miguel Hernández




.
¿Qué exaltaré en la tierra que no sea algo tuyo?
A mi lecho de ausente me echo como a una cruz
de solitarias lunas del deseo, y exalto
la orilla de tu vientre.

Clavellina del valle que provocan tus piernas.
Granada que ha rasgado de plenitud su boca.
Trémula zarzamora suavemente dentada
donde vivo arrojado.

Arrojado y fugaz como el pez generoso,
ansioso de que el agua, la lenta acción del agua
lo devaste: sepulte su decisión eléctrica
de fértiles relámpagos.

Aún me estremece el choque primero de los dos;
cuando hicimos pedazos la luna a dentelladas,
impulsamos las sábanas a un abril de amapolas,
nos inspiraba el mar.

Soto que atrae, umbría de vello casi en llamas,
dentellada tenaz que siento en lo más hondo,
vertiginoso abismo que me recoge, loco
de la lúcida muerte.

Túnel por el que a ciegas me aferro a tus entrañas.
Recóndito lucero tras una madreselva
hacia donde la espuma se agolpa, arrebatada
del íntimo destino.

En ti tiene el oasis su más ansiado huerto:
el clavel y el jazmín se entrelazan, se ahogan.
De ti son tantos siglos de muerte, de locura
como te han sucedido.

Corazón de la tierra, centro del universo,
todo se atorbellina, con afán de satélite
en torno a ti, pupila del sol que te entreabres
en la flor del manzano.

Ventana que da al mar, a una diáfana muerte
cada vez más profunda, más azul y anchurosa.
Su hálito de infinito propaga los espacios
entre tú y yo y el fuego.

Trágame, leve hoyo donde avanzo y me entierro.
La losa que me cubra sea tu vientre leve,
la madera tu carne, la bóveda tu ombligo,
la eternidad la orilla.

En ti me precipito como en la inmensidad
de un mediodía claro de sangre submarina,
mientras el delirante hoyo se hunde en el mar,
y el clamor se hace hombre.

Por ti logro en tu centro la libertad del astro.
En ti nos acoplamos como dos eslabones,
tú poseedora y yo. Y así somos cadena:
mortalmente abrazados.

23 jun 2008

Tu vuelo_Aïcha


La distancia_Aïcha

Dicen que la distancia hace el olvido, y una vez más no estoy de acuerdo.
El olvido viene de la rutina, de conocernos demasiado,
de no sorprendernos de madrugada.
La distancia guarda el encanto y el encantamiento,
lo misterioso y lo sutil.
La distancia me preserva de ti,
de la alegoría monótona e infeliz.
Te amo en la distancia, te amo cerca de mí,
pero no invadas mi espacio,
no invada el misterio, lo sutil.




Hay besos-Gabriela Mistral

4 jun 2008

La rosa_Aïcha

Todavía no sé como termine en la academia militar. Lo único que recuerdo claramente es tu rostro entre la multitud. Tu mirada se cruzo con la mía y algo se puso en marcha dentro de mí.
Durante el curso evitamos siempre la excesiva proximidad, nuestras manos jamás se estrecharon, nuestras pieles nunca se rozaron, nuestros labios en ningún modo se tocaron, y si acaso nuestras miradas se encontraban, las desviamos tímidamente.
En la última semana del curso me enteré que te marchabas, te habían concedido la plaza que deseabas. Mi corazón se estremeció y una profunda brecha amenazaba con partirlo en dos.
Aquel día nublado del mes de junio te vi partir calle abajo con el macuto al hombro, la cabeza cabizbaja, la sonrisa perdida. Me acerque a la verja para despedirme de ti silenciosamente. Volviste la cabeza, y por primera vez nuestras miradas se encontraron de frente.
Desanduviste el camino y fuiste en mi busca hasta llegar a mí. En la mano llevabas una rosa roja y un pequeño sobre amarillo. Me los tendiste a través de los barrotes, besaste tus dedos y los posaste sobre mis labios, y sin mediar palabra te vi marchar
Una lagrima amarga rodo hasta mi mano, abrí el sobre, una tarjeta con dos corazones entrelazados y dos palabras –te quiero-, en el reverso un número de teléfono.

Tardes de calor Capítulo VII

VII
Tardes_de_calor_bi...

Como aquella tarde vivimos cada una de las siguientes, siempre con el mismo ardor y el mismo deseo y ansiedad salvaje.
Una mirada, un roce en cualquier sitio nos producía una excitación desbordante, aprovechábamos cada instante, cada oportunidad para besarnos o amarnos.
En ningún momento me plantee si aquello era amor, o seducción, si era efímero o eterno. Solo disfrute cuanto pude, almacenando todos los recuerdos posibles, olvide mi cuaderno de notas, mis obligaciones, todo cuanto no tuviera que ver con Carlos, sufrí y disfrute de una loca pasión que pronto llegaría su fin.

Mis vacaciones se alargaron hasta el limite, mi editorial me reclamaba y tuve que volver al norte. A la rutina y la planicie de mi vida cotidiana. Lo bueno siempre de acaba pronto.
El trabajo, el niño, la casa...
Y heme aquí hoy en el fresco de la terraza, recordando aquellas maravillosas tardes de calor con Carlos. Nunca más supo de mí. Porque así lo quise, nunca más tuve tardes de calor como aquellas, las hecho de menos, echo de menos a Carlos y sus cálidas manos.....
Recordando sus inolvidables versos...
" A nadie le ha sido prometido una mañana.
Mantén en la dicha tu alma nostálgica.
Bebe de este dulce vino en el claro de luna,
Mi amor, que la Luna
brillará muchas noches
sin volver a encontrarnos."

P.D.
A los tres años de publicar la novela, llamaron a la puerta...
Carlos estaba al otro lado sonriente, bello.
-Vengo a buscarte y a ver a mi hijo.

FIN...

Tardes de calor Capítulo VI

VI
Tardes_de_calor_bi...

Cogió un periódico, encendió un cigarrillo y se puso a leer. Durante un rato guarde silencio y me entretuve mirando al patio. Pero de pronto me aburrí.
Carlos pausadamente dejo el periódico, se levantó y atrayendo mi mano me susurró:
-¿quieres dormir la siesta conmigo?
Y sin apenas esperar respuesta remolcó de mí llevándome, no como yo esperaba a mi habitación, sino a la suya .El dormitorio era amplio, bello, decorado con estilo austero pero con una calidez y un aire acogedor. Mientras Carlos se dirigió a las ventanas para entornarlas yo me fije en la cama. En el centro de la alcoba, era de grandes dimensiones, cubierta por una preciosa colcha bordada, y coronada por una fila de enormes almohadas, dos mesillas la escoltaban a ambos lados, las cortinas de gasa fina arrastraban por el suelo, en un rincón dos sillas juntas, un escritorio, una percha vacía.
La luz de la estancia se hizo más tenue, mi compañero se encarriló hacia mí con paso calculado, me empujó suavemente hasta el borde de la cama mientras me besaba las mejillas y el cuello, a la vez que deslizaba sus cálidos y pequeños dedos sobre mis hombros, a fluir sus manos delicadamente por mi espalda dibujando las líneas de mi cuerpo.
Quise decir algo, pero sus labios húmedos taparon mi aliento. Un lento calor empezaba a emanar de mis adentros.
Carlos me sostenía entre sus brazos, se estrechaba contra mí y exhortaba un suave balanceo como marcando el paso de un baile, dúctil, sensual.
Yo advertía a través de la ropa el increccento de su miembro viril, un impulso independiente y autónomo que me producía un delicado placer. Reconozco que no tuve temores, que no tuve pensamientos ajenos a querer aprovechar y disfrutar plenamente de aquel momento que se presentaba, simplemente me deje arrastrar por el afluente de energía y necesidad circunstancial.
Deslizó sus manos bajo el vestido y despacio, suavemente lo arremangó hasta mi cabeza, hasta conseguir sacarlo. Mi cuerpo quedo semi desnudo ante él. Solo el pequeño tanga blanco limitaba la desnudez total.
Arrojó el vestido al suelo, y rodeó con sus manos primero mis hombros y después mis pechos redondos y turgentes, con toda la paciencia y la lentitud del mundo. La impaciencia comenzaba a afligirme, yo pasional y fiera no estaba acostumbrada a un tratamiento tan particular. Me impulsó sobre la cama y se inclino sobre mí, de rodillas. Desabrochó su camisa y aflojó su pantalón, se quitó las sandalias sin dejar de mirarme, tal vez con dulzura tal vez lascivo.
Empuñó una de mis piernas y la subió remisamente hasta su hombro, con la mano derecha desgarró súbitamente el tirante del tanga y comenzó a besar mi pie, mi tobillo, empezó a mordisquear mis muslos lujuriosos. Yo tenia los ojos cerrados, pero sentía bullir en mi bajo vientre un torrente de humedad. Reconocí su lengua húmeda y ardiente pasando por los costados de mi sexo, sin tocarlo por el momento; vibraciones de goce amenazaban por aflorar mientras giraba mi cabeza de lado a lado. Separó mis piernas y ocultó su rostro entre ellas, provocando que mi sangre comenzara a hervir sintiendo que le necesitaba y quisiera más de él. A cada beso cada mordisco un latido acelerado rompía mi pecho, Carlos conocía muy bien la sensibilidad de un cuerpo de mujer. Me acometía el deseo desesperado de la posesión.
Estaba a la expectativa.
Unos segundos después tuve que abrir los ojos pues no ocurría nada. La perpetua sonrisa de Carlos me aguardaba. Su mirada clavada en mí, examinando mi actitud, mi goce, recreándose en mi propio sentir. Incliné hacia adelante mi cuerpo, clave mis uñas en su brazo y con la otra mano le agarré del pelo y le atraje hacia mí. Me sentía salvaje, indomable. Nos besamos desesperadamente buscándonos las lenguas en el interior de las bocas, absorbiéndonos, acariciándonos, empapándonos, revolcándonos uno encima del otro por la enorme cama.
En un pensamiento relámpago pensé que era muy apropiada y que no sería la primera vez que Carlos la utilizara de tal guisa.
Enseguida volví al tema. Esta vez él cabalgaba sobre mis caderas, apoyaba sus manos en mis hombros y con un envite casi violento sentí si verga dentro de mí sin apenas haberme dado cuenta. El hombre pausado y controlador hasta entonces pasó a ser el fiero león semental que llevaba dentro. Un olor agridulce y denso empapa el atmósfera
Arremetió una y otra vez sin descanso, haciéndome perder la cabeza, dejándome sin aliento ni descanso,y de repente contuvo sus movimientos dejándome al borde del éxtasis.
-¡no! Porque paras, exhalé
-despacio, tranquila, tenemos toda la tarde, te daré cuanto pidas y mucho mas...
Toda la tarde, ¡maldito!
-Es que ..
-Si ya sé. Pero déjame, disfruta cuanto puedas...
Se bajó de la cama y cogiéndome de los pies me remolcó hasta el borde. Solo entonces pude observar su miembro, erecto hasta el firmamento, fastuoso, sexual. Maravilloso.
Plantado de pie arrimé mi cabeza hasta él. Empujaba mi cabeza direccionándola hasta donde necesitaba. Yo comprendí qué deseaba. Acerqué mi boca y con la lengua recorrí desde la base hasta la punta dulzona, amarga. Paseé mi lengua por toda su envergadura, magnificencia de la que estaba prendida. Profundos suspiros exhalaban por su garganta mientras la mía se encontraba invadida.
En mi mente no pasaba sino la avidez, la exaltación del deseo, sin embargo su delicadeza para conmigo me hacia retroceder, ser dócil y obediente. Su mano sobre mi nuca me indicaba la presión y el ritmo, ahora despacio y suave, ahora deprisa y fuerte. Lentamente fui abandonando esta tarea, me interesaba también sus labios, sus ojos. Fui subiendo restregando mi lengua y besando todo su cuerpo, a la vez que rotaba mis pechos contra su piel, y colocaba su pierna entre mis muslos. Su jadeo era rozagante e intenso, su epidermis humedecida de perlas cristalinas con sabor salobre, su ritmo cardiaco galopante. Mis uñas apresadas de penuria se clavaban de cuando en cuando en su epidermis. Espasmos de placer nos retorcían y ardientes flujos mojaban las sabanas.
El calor de la estancia era denso de vaho y sopor. Nos amamos y retozamos largo rato, cayendo exhaustos , abrazados en un largo y natural sueño de redención.

Tardes de calor Capítulo V

Tardes_de_calor_bi...

V


La noche pasó, casta y liviana .Ideas ensueños y sensaciones placenteras poblaron mis sueños. Alrededor de las doce todavía retozaba entre las sabanas. El timbrazo del teléfono me sobresaltó; una llamada del exterior.

-Te espero dentro de una hora en el hall.

No hubo ni una palabra más, no me dio tiempo a despertarme. Me volví a echar en la cama y me desperece como un gato. A la hora en punto estaba en el hall, duchada perfumada con un sencillo vestido ibicenco, uno de mis preferidos por dejar al descubierto mis hombros que lucían un dorado bronceado, la larga melena castaña recogida en una trenza y estrenaba unas bonitas Ray Ban que había comprado en Sevilla en una boutique.

Esperaba curiosa la llegada de Carlos, pero en su lugar se acerco a mi un caballero de uniforme, pantalón gris y camisa azulona. Se presentó y dijo venir de parte de Carlos, me rogó que le acompañara; tuve mis dudas pero accedí. Un Mercedes gris plateado esperaba en la puerta. El coche iba dirección sur, por una carretera comarcal bordeada de cotos y sembrados.
De cuando en cuando veía los ojos del chofer por el retrovisor observándome, y una sensación de temor invadía mi estomago, clave las uñas en el asiento en varias ocasiones. Acudían a mi imágenes de secuestros y violaciones, y mi mente quería negarse a pensar en ello.
Después de unos veinte minutos de traslado, el mercedes cogió un desvío de unos metros y se detuvo frente al portón de una finca vallada por un alto muro blanco. En el quicio de la gigantesca puerta de acceso unas letras de hierro pintadas negro rezaban. "Villa Almudena".
La tranquera se abrió sin que nada aparentemente diera señal de nuestra presencia. Penetramos en la propiedad y todavía recorrimos varios Km. mas antes de llegar a la edificación principal.
Un amplio paseo bordeado de jardines bien cuidados llegaba hasta la entrada. El edificio, de construcción típicamente andaluza de dos alturas, encalado de blanco deslumbrante, brindaba frescor y humedad a su entrada. El vestíbulo era ancho con sendas puertas a los lados y una cristalera al frente que daba acceso a un patio interior. El chofer me acompaño hasta allí, y despidiéndose cortésmente me rogó que esperara.


Camine despacio por aquel maravilloso recinto. Las paredes alicatadas de azulejos azules y blanco, las macetas de geranios colgadas de las rejas, la claraboya en el techo difuminando la claridad del día, y por doquier enormes tiestos de plantas adornando los espacios libres contra las paredes. En un esquina una mesa y unas sillas de hierro blanco, y en el centro del patio una preciosa fuente de agua fresca y cantarina.
De pronto sentí acercarse alguien tras de mí, y al volverme una maravillosa sonrisa me acogió.
Carlos se acercó a mí con los brazos extendidos, y antes de poder decir nada me encontraba abrazada a él y besada en la frente.
- Estas maravillosa, querida mí, precisó.
- ¿Quieres ver el cortijo?

Me mostró unos campos verdes y bien cuidados, con algunos ejemplares de toros magníficos a los lejos, proponiéndome un paseo a caballo.
Unas caballerizas con animales de buena crianza. Deduje que Carlos era ganadero, le pregunté:
-¿A que te dedicas Carlos? ¿Eres ganadero?
Me sonrió
-¿porque "Villa Almudena" ¿Es tu esposa?

Se volvió y mirándome profundamente a los ojos paso su pulgar despacio por mi mejilla.
-Quilla preguntas demasiado...Almudena era mi madre...

La respuesta de Carlos me hizo reflexionar. Comprendí que no le gustaba dar explicaciones, y no estaba dispuesto a contestar a muchas preguntas. Opté por la discreción, de momento.

Terminamos el paseo tranquilamente, y me condujo a mis aposentos. Me comentó que había enviado al chofer a mi hotel a liquidar mi cuenta y recoger mis cosas. A partir de aquel momento me quedaría con él en la finca.
Tuve un respingo de mal humor y le amonesté:

-No me gusta que me controlen, ni que manipulen mi vida. Debiste preguntarme primero, todavía no sé que decidiré.
-Te quedaras. Y no te arrepentirás....

Se giro, abrió un armario repleto de ropa:
-Confío que sean de tu talla, María las compró ayer con indicaciones mías, me gusta que mi chica vista ropa cara.
Espero haber acertado en las medidas...
-¿quién es María?
-Es mi subordinada, mi ama de llaves, mi persona de confianza. No te preocupes.

No sabía como sentirme, si halagada u ofendida. Pero lo que me quedo muy claro es que a Carlos le gustaba controlarlo todo.
La comida fue generosa y agradable, un muchacho moreno y fornido nos sirvió. No charlamos demasiado, yo observaba , analizaba y Carlos me observaba y me analizaba a mí. Contestaba con paciencia y amabilidad a mis escuetas preguntas.
Cuando terminamos pasamos a tomar café a un saloncito colindante con un gran ventanal al patio. La casa estaba silenciosa.
-¿cuántas personas viven aquí?
- En la casa, cuatro empelados y yo. Más abajo hay un caserío con cuatro casas ocupadas por familias de peones que trabajan para mí....


26 may 2008

Tardes de calor Cap. IV

Tardes_de_calor_bi...


IV

Un par de horas más tarde, ya en la calle, paseábamos solos por la ciudad. No recuerdo muy bien en que momento nos fuimos de la fiesta. Desde luego la fiesta no había terminado. De hecho era cómo si la música se hubiera aposentado en nuestras propias células. No parábamos de sonreír y además nos guiaba un deseo más privado : la determinación de celebrar nuestra propia fiesta, nuestro encuentro, nuestro entendimiento. Y acertamos : la temperatura era, no ideal, mejor que ideal, era romántica. El cielo negro y a la vez brillante, de tantas estrellas como contenía. Y mientras caminábamos, sin rumbo, la sensación más que pasear era de flotar o de deslizarse...
¡¡¡ Una no sabía si la Tierra era cielo o el Cielo tierra, la bebida la ilusión del momento. Y tampoco conseguía comprender como podía ser qué sólo hiciera unas horas que conocía a aquel hombre !!!.



Casi sin darnos cuenta habíamos entrado en los barrios monumentales. En la historia más genuina de la ciudad... Entre lo que, en la oscuridad de la noche, parecían casonas, pero qué antaño, en otro tiempo, fueron palacios urbanos de príncipes árabes, la conversación de mi acompañante se torno silencio... Por mucho tiempo -no se cuanto- caminamos callados, oyendo nuestros pasos, respirando pausada y profundamente, como empapándonos del influjo de algún sortilegio ancestral ...



Cuando una pregunta mía rompió su silencio, compañero y a la vez ensimismado, no sé exactamente cual fue mi comentario pero sí sus respuestas fueron un torrente de erudición romántica mezclada, tal vez, con un poco de nostalgia por aquella época dorada de la Historia, hoy sólo, ya leyenda, en la que una civilización profunda y exquisita, cuya atmósfera remota aún podíamos respirar, Al-Andalus, estuvo a la vanguardia de todo progreso...



Yo no sabía, por ejemplo, que en el año mil, de nuestra era, cuando los pueblos cristianos, los pueblos del norte, no eran capaces de edificar sino rudos castillos, puentes y pequeñas iglesias. sólo en la ciudad de Córdoba, ya disfrutaban de diez mil baños públicos y de setenta bibliotecas cargadas de la mejor literatura de más de cien culturas ...



No sabía, tampoco, que en el alto y espacioso Salón de los Embajadores del Palacio de la Alhambra, cuyas paredes estuvieron forradas de gruesas planchas de oro, decoradas en relieve con los versos de amor del gran Ibz Ahzán, y con dulces versículos del sagrado Corán :



"Competid -recitaba Carlos, para mi, con tono solemne- , competid en hacer el bien, y DIOS os informará sobre aquello en lo que no estéis de acuerdo", no sabía que hubiera habido además una hermosa fuente en el centro de la sala ... pero no llena de agua, sino de mercurio, de modo que, cuando los embajadores cristianos, acostumbrados a una luz más apagada, se encontraban allí, y el sultán agitaba con su mano el mercurio de la fuente, muchos de aquellos, a causa de las destellantes iridiscencias que se formaban, por no haberlas podido soportar, regresaban ciegos a su tierra, ...según cuentan sus propias crónicas.



De su querida Sevilla supe que, sobre el Guadalquivir, las Torres Gemelas, entonces recamadas de marfil..., por las artes ocultas o los hechizos de un mago enemigo, en justa venganza, hizo desaparecer en la nada a una de las dos pero perdonó a la otra, La Torre del Oro, según la leyenda, para no destruir tanta belleza.



Y oí en la voz de Carlos la voz de Omar Jayám, el persa que fue matemático, médico, astrónomo, músico, y sobre todo amigo y poeta cantor del vino y del amor a la mujer.





" A nadie le ha sido prometido un mañana.
Mantén en la dicha tu alma nostálgica.
Bebe de este dulce vino en el claro de luna,
Mi amor, que la Luna
brillará muchas noches
sin volver a encontrarnos."

Tardes de calor Cap. III

Tardes_de_calor_bi...
III
Entre tanto ir y venir de una fuente a otra, cuando elegantemente Carlos alargaba el brazo para servirme vino, alguna que otra vez la tela de la manga de su camisa rozaba suavemente el volumen de mis senos. El me miraba y se sonreía discretamente. Yo, pícara pero sin intención le devolvía la sonrisa, involuntariamente acudían a mí imágenes de fantasías por consumar, promesas por cumplir. ¡qué diablos después de todo estaba de vacaciones, buscando aventuras que contar!
El apetito de los comensales poco a poco fue satisfecho y cada vez era mayor la atención prestada al escenario. Los camareros retiraron los enseres discretamente y la gente disfrutaba del espectáculo. Me lo estaba pasando genial, mentalmente me reproche no haber traído mi cuaderno de notas. Carlos volvió su magnífico rostro hacia mi y amistosamente me pregunto si me gustaba, si me sentía bien, asentí con un gesto de la cabeza, entonces sin mediar mas palabras paso su brazo derecho por mi hombro. Un escalofrío recorrió mi espinazo.



Y a pesar de que estoy segura de que él se percató de mi impresión, sin embargo, ni el más mínimo gesto dejo traslucir que lo hubiera hecho. Parecía que para él tan natural como la música que nos envolvía fuera que su brazo me rodeara. Y, para decirlo todo, yo también sentí lo mismo al cabo de algunos instantes. Tanto, que acabé cogiendo su mano yo también. Ninguno de los dos sabemos cómo, pero esas manos descansaban sobre mi pecho cuando los músicos, cantaores y bailaoras pidieron tiempo para hacer un descanso y refrescarse. Ambos las apartamos como alertados por un aviso. Pero ahora nuestra conversación era más íntima, más directa; nuestras miradas más intensas, más expectantes, más atentas a lo que cada uno veía en el otro. Nos estábamos estudiando. Nos estábamos amando con nuestra conversación. Aunque, tal vez, conversación no sea la palabra, pues él me hablaba de detalles tan sutiles como imposibles de conocer en ninguna otra parte: las bulerías, los tarantos, y sobre todo las cañas, me decía, habían arrancado sangre, y él lo había visto, de los pulmones de muchos cantaores que en otros tiempos, (tiempos de mucha necesidad), se habían atrevido con géneros de tanta dificultad. Sólo dos de entre los inmortales que dominaban todos los palos, El Naranjito y el Niño de la Puebla, habían sido capaces de cantar más de cuatro tarantos seguidos en la misma noche. Y nadie, que él supiera, más de tres cañas. Hablaba y hablaba y con sus palabras me parecía poder entender el tono, las inflexiones, el timbre, la vibración y hasta el alma o el porqué de cada palo.

21 may 2008

Tardes de calor Cap. II

Cap.II

Tardes_de_calor_bi...

El restaurante era algo peculiar, atestado de gente en la parte superior del mismo no dejaba de aparentar un sitio típico y acogedor. Sonaban muy al fondo unas sevillanas populares, el aire estaba cargado de humo y conversaciones amistosas, sentía un cosquilleo de alegría por mis interiores, estaba feliz desde hacia mucho. Me sirvieron un fino mientras pedida casi a gritos reservar una mesa. Me dijo el camarero, un morenazo guapo y de rizos largos, que no se reservaba mesa, que eran tableros de comedor y que todo el mundo se sentaba junto mientras quedara sitio. Apunto mi nombre y me dijo que ya me llamarían. Extraña cosa pensé, pero era agradable encontrarse con acontecimientos nuevos, toda una experiencia que empezaba a picar mi curiosidad. De repente sonaron unas trompetas como las de las corridas cuando cambian los tercios, y radicalmente se hizo el silencio. Por megafonía empezaron a dar nombres y la gente se apartaba para dejar pasar a los nombrados, que bajaban por unas escaleras chapadas de azulejos azules y blancos y un pasamano de madera tostada. Poco a poco el gentío se fue aclarando. De repente, entre un grupo de sujetos creí entrever el hombre de la mesa del restaurante de la mañana.. Sí, definitivamente era él, debió sentir mi mirada persistente, porque se volvió y me sonrió directamente, devolví la sonrisa y baje la cabeza avergonzada por mi descaro.



Oí mi nombre y como todos hicieron, yo también baje por las escaleras aquellas, encontrándome al final con una inmensa sala toda dispuesta de tableros como había dicho el muchacho; se iban sentando unos al lado de otros correlativamente, así que hice lo propio, quedaban pocos asientos así que di por sentado que había tenido suerte. Las mesas estaban dispuestas alrededor de una tarima de madera, las luces tenues semejaban velas y en las paredes colgaban productos típicos de la comarca..

Cuando todos estuvieron sentados, se abrieron unas puertas y entraron varios camareros vestidos de flamencos, con sendas bandejas de embutidos y carnes, otros aportaban bebidas de toda clase pero sobre todo de buen vino de la región. Abstraída en semejante espectáculo no vi acercarse al atractivo caballero que tanto había captado mi atención... Ahora, por la noche, resultaba más imponente. Trajeado clásicamente : un traje azul oscuro, con tonos rosados, casi violetas, ajustado el pantalón, con chaqueta larga, a, de hombros anchos y muy abotonada, pero sin solapas.Un delicioso perfume, de colonia masculina, le precedía cuando se acercó hasta mi y besó mis dos mejillas, sin mediar palabra. Se hizo un sitio a mi lado y se sentó. Y a pesar del ruido del ambiente festivo que nos envolvía y nos engullía, porque a cada minuto que pasaba se animaba más y más, su voz sonó alta y clara cuando me propuso irnos hasta un lugar de su mesa. Según él desde allí la visión de los bailaores y bailaoras era la ideal.



Nos levantamos. Yo le seguí. Tardamos poco en llegar. (Yo había pensado que, con aquel gentío y aquel ir y venir de camareros y de bandejas, no sería posible llegar sin chocar con alguien o sin pisar a más de uno, pero me equivoque.)Ya sentados observe qué el lugar que él ocupaba, y ahora yo con él, parecía reservado ..., suyo. Y también que, a medida que avanzábamos, iba saludando a unos y a otros con comedidos y afables gestos y ademanes. Todo el mundo parecía conocerlo y a todo el mundo parecía caer bien. Nadie reparaba en mi. Como si yo no fuera su acompañante...

Sólo después de varios minutos juntos, sentados, se presentó. Me dijo su nombre y sus dos apellidos.., y calló, a la espera de que yo le dijera los míos. Pero solo le dije mi nombre. A él debió de gustarle este ligero desplante porque sonrió y asintió como si aquello supusiera una dulce y prometedora picardía por mi parte. Como si el hecho de haber pronunciado sólo mi nombre pudiera tomarse como la mayor de las confianzas... Como si nada más que el nombre bastará saber para afrontar con familiaridad todo lo que pudiera suceder más adelante.
Los cubiertos, las jarras, las bandejas de verduras asadas, carnes, fiambres variadas, muchas distintas formas de aceitunas aliñadas, y entre tanto, aquí y allí en aquella larga mesa, grandes fuentes de cristal llenas de cachos de distintas frutas frías, flotando en agua helada con cubos de hielo, seguramente para mitigar el calor y compensar al paladar de tantos sabores recios, densos y salados.
El son de guitarras, no sé cuantas a la vez, penetro el espacio de la sala y las voces humanas callaron enseguida. Comenzamos a oír cante jondo. Se hizo el silencio. Cada quién tomaba con sus cubiertos lo que más apetecía de las fuentes y bandejas, de las cestas de pan, de las jarras de vino, de las jarras de manzanilla.
Yo sé que comer carne promueve los instintos animales en el ser humano. En compañía de aquel hombre temía que mi cuerpo pudiera desear lo que no debe desearse..., pero tampoco supe retenerme y cogí todo lo que me apeteció. Beber y comer no suponían esfuerzo. Al contrario: era lo mismo que acompañar y contribuir al conjunto humano del festejo. Como añadir una nota musical más a la magia de la fiesta y de la noche...

Cantos a mi memoria...

Quiero cada noche vivir nuestras vidas, y cada mañana despertar a nuestros sueños ...