| Tardes_de_calor_bi... |
IV
Un par de horas más tarde, ya en la calle, paseábamos solos por la ciudad. No recuerdo muy bien en que momento nos fuimos de la fiesta. Desde luego la fiesta no había terminado. De hecho era cómo si la música se hubiera aposentado en nuestras propias células. No parábamos de sonreír y además nos guiaba un deseo más privado : la determinación de celebrar nuestra propia fiesta, nuestro encuentro, nuestro entendimiento. Y acertamos : la temperatura era, no ideal, mejor que ideal, era romántica. El cielo negro y a la vez brillante, de tantas estrellas como contenía. Y mientras caminábamos, sin rumbo, la sensación más que pasear era de flotar o de deslizarse...
¡¡¡ Una no sabía si la Tierra era cielo o el Cielo tierra, la bebida la ilusión del momento. Y tampoco conseguía comprender como podía ser qué sólo hiciera unas horas que conocía a aquel hombre !!!.
Casi sin darnos cuenta habíamos entrado en los barrios monumentales. En la historia más genuina de la ciudad... Entre lo que, en la oscuridad de la noche, parecían casonas, pero qué antaño, en otro tiempo, fueron palacios urbanos de príncipes árabes, la conversación de mi acompañante se torno silencio... Por mucho tiempo -no se cuanto- caminamos callados, oyendo nuestros pasos, respirando pausada y profundamente, como empapándonos del influjo de algún sortilegio ancestral ...
Cuando una pregunta mía rompió su silencio, compañero y a la vez ensimismado, no sé exactamente cual fue mi comentario pero sí sus respuestas fueron un torrente de erudición romántica mezclada, tal vez, con un poco de nostalgia por aquella época dorada de la Historia, hoy sólo, ya leyenda, en la que una civilización profunda y exquisita, cuya atmósfera remota aún podíamos respirar, Al-Andalus, estuvo a la vanguardia de todo progreso...
Yo no sabía, por ejemplo, que en el año mil, de nuestra era, cuando los pueblos cristianos, los pueblos del norte, no eran capaces de edificar sino rudos castillos, puentes y pequeñas iglesias. sólo en la ciudad de Córdoba, ya disfrutaban de diez mil baños públicos y de setenta bibliotecas cargadas de la mejor literatura de más de cien culturas ...
No sabía, tampoco, que en el alto y espacioso Salón de los Embajadores del Palacio de la Alhambra, cuyas paredes estuvieron forradas de gruesas planchas de oro, decoradas en relieve con los versos de amor del gran Ibz Ahzán, y con dulces versículos del sagrado Corán :
"Competid -recitaba Carlos, para mi, con tono solemne- , competid en hacer el bien, y DIOS os informará sobre aquello en lo que no estéis de acuerdo", no sabía que hubiera habido además una hermosa fuente en el centro de la sala ... pero no llena de agua, sino de mercurio, de modo que, cuando los embajadores cristianos, acostumbrados a una luz más apagada, se encontraban allí, y el sultán agitaba con su mano el mercurio de la fuente, muchos de aquellos, a causa de las destellantes iridiscencias que se formaban, por no haberlas podido soportar, regresaban ciegos a su tierra, ...según cuentan sus propias crónicas.
De su querida Sevilla supe que, sobre el Guadalquivir, las Torres Gemelas, entonces recamadas de marfil..., por las artes ocultas o los hechizos de un mago enemigo, en justa venganza, hizo desaparecer en la nada a una de las dos pero perdonó a la otra, La Torre del Oro, según la leyenda, para no destruir tanta belleza.
Y oí en la voz de Carlos la voz de Omar Jayám, el persa que fue matemático, médico, astrónomo, músico, y sobre todo amigo y poeta cantor del vino y del amor a la mujer.
" A nadie le ha sido prometido un mañana.
Mantén en la dicha tu alma nostálgica.
Bebe de este dulce vino en el claro de luna,
Mi amor, que la Luna
brillará muchas noches
sin volver a encontrarnos."

