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26 may 2008

Tardes de calor Cap. IV

Tardes_de_calor_bi...


IV

Un par de horas más tarde, ya en la calle, paseábamos solos por la ciudad. No recuerdo muy bien en que momento nos fuimos de la fiesta. Desde luego la fiesta no había terminado. De hecho era cómo si la música se hubiera aposentado en nuestras propias células. No parábamos de sonreír y además nos guiaba un deseo más privado : la determinación de celebrar nuestra propia fiesta, nuestro encuentro, nuestro entendimiento. Y acertamos : la temperatura era, no ideal, mejor que ideal, era romántica. El cielo negro y a la vez brillante, de tantas estrellas como contenía. Y mientras caminábamos, sin rumbo, la sensación más que pasear era de flotar o de deslizarse...
¡¡¡ Una no sabía si la Tierra era cielo o el Cielo tierra, la bebida la ilusión del momento. Y tampoco conseguía comprender como podía ser qué sólo hiciera unas horas que conocía a aquel hombre !!!.



Casi sin darnos cuenta habíamos entrado en los barrios monumentales. En la historia más genuina de la ciudad... Entre lo que, en la oscuridad de la noche, parecían casonas, pero qué antaño, en otro tiempo, fueron palacios urbanos de príncipes árabes, la conversación de mi acompañante se torno silencio... Por mucho tiempo -no se cuanto- caminamos callados, oyendo nuestros pasos, respirando pausada y profundamente, como empapándonos del influjo de algún sortilegio ancestral ...



Cuando una pregunta mía rompió su silencio, compañero y a la vez ensimismado, no sé exactamente cual fue mi comentario pero sí sus respuestas fueron un torrente de erudición romántica mezclada, tal vez, con un poco de nostalgia por aquella época dorada de la Historia, hoy sólo, ya leyenda, en la que una civilización profunda y exquisita, cuya atmósfera remota aún podíamos respirar, Al-Andalus, estuvo a la vanguardia de todo progreso...



Yo no sabía, por ejemplo, que en el año mil, de nuestra era, cuando los pueblos cristianos, los pueblos del norte, no eran capaces de edificar sino rudos castillos, puentes y pequeñas iglesias. sólo en la ciudad de Córdoba, ya disfrutaban de diez mil baños públicos y de setenta bibliotecas cargadas de la mejor literatura de más de cien culturas ...



No sabía, tampoco, que en el alto y espacioso Salón de los Embajadores del Palacio de la Alhambra, cuyas paredes estuvieron forradas de gruesas planchas de oro, decoradas en relieve con los versos de amor del gran Ibz Ahzán, y con dulces versículos del sagrado Corán :



"Competid -recitaba Carlos, para mi, con tono solemne- , competid en hacer el bien, y DIOS os informará sobre aquello en lo que no estéis de acuerdo", no sabía que hubiera habido además una hermosa fuente en el centro de la sala ... pero no llena de agua, sino de mercurio, de modo que, cuando los embajadores cristianos, acostumbrados a una luz más apagada, se encontraban allí, y el sultán agitaba con su mano el mercurio de la fuente, muchos de aquellos, a causa de las destellantes iridiscencias que se formaban, por no haberlas podido soportar, regresaban ciegos a su tierra, ...según cuentan sus propias crónicas.



De su querida Sevilla supe que, sobre el Guadalquivir, las Torres Gemelas, entonces recamadas de marfil..., por las artes ocultas o los hechizos de un mago enemigo, en justa venganza, hizo desaparecer en la nada a una de las dos pero perdonó a la otra, La Torre del Oro, según la leyenda, para no destruir tanta belleza.



Y oí en la voz de Carlos la voz de Omar Jayám, el persa que fue matemático, médico, astrónomo, músico, y sobre todo amigo y poeta cantor del vino y del amor a la mujer.





" A nadie le ha sido prometido un mañana.
Mantén en la dicha tu alma nostálgica.
Bebe de este dulce vino en el claro de luna,
Mi amor, que la Luna
brillará muchas noches
sin volver a encontrarnos."

Tardes de calor Cap. III

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III
Entre tanto ir y venir de una fuente a otra, cuando elegantemente Carlos alargaba el brazo para servirme vino, alguna que otra vez la tela de la manga de su camisa rozaba suavemente el volumen de mis senos. El me miraba y se sonreía discretamente. Yo, pícara pero sin intención le devolvía la sonrisa, involuntariamente acudían a mí imágenes de fantasías por consumar, promesas por cumplir. ¡qué diablos después de todo estaba de vacaciones, buscando aventuras que contar!
El apetito de los comensales poco a poco fue satisfecho y cada vez era mayor la atención prestada al escenario. Los camareros retiraron los enseres discretamente y la gente disfrutaba del espectáculo. Me lo estaba pasando genial, mentalmente me reproche no haber traído mi cuaderno de notas. Carlos volvió su magnífico rostro hacia mi y amistosamente me pregunto si me gustaba, si me sentía bien, asentí con un gesto de la cabeza, entonces sin mediar mas palabras paso su brazo derecho por mi hombro. Un escalofrío recorrió mi espinazo.



Y a pesar de que estoy segura de que él se percató de mi impresión, sin embargo, ni el más mínimo gesto dejo traslucir que lo hubiera hecho. Parecía que para él tan natural como la música que nos envolvía fuera que su brazo me rodeara. Y, para decirlo todo, yo también sentí lo mismo al cabo de algunos instantes. Tanto, que acabé cogiendo su mano yo también. Ninguno de los dos sabemos cómo, pero esas manos descansaban sobre mi pecho cuando los músicos, cantaores y bailaoras pidieron tiempo para hacer un descanso y refrescarse. Ambos las apartamos como alertados por un aviso. Pero ahora nuestra conversación era más íntima, más directa; nuestras miradas más intensas, más expectantes, más atentas a lo que cada uno veía en el otro. Nos estábamos estudiando. Nos estábamos amando con nuestra conversación. Aunque, tal vez, conversación no sea la palabra, pues él me hablaba de detalles tan sutiles como imposibles de conocer en ninguna otra parte: las bulerías, los tarantos, y sobre todo las cañas, me decía, habían arrancado sangre, y él lo había visto, de los pulmones de muchos cantaores que en otros tiempos, (tiempos de mucha necesidad), se habían atrevido con géneros de tanta dificultad. Sólo dos de entre los inmortales que dominaban todos los palos, El Naranjito y el Niño de la Puebla, habían sido capaces de cantar más de cuatro tarantos seguidos en la misma noche. Y nadie, que él supiera, más de tres cañas. Hablaba y hablaba y con sus palabras me parecía poder entender el tono, las inflexiones, el timbre, la vibración y hasta el alma o el porqué de cada palo.

21 may 2008

Tardes de calor Cap. II

Cap.II

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El restaurante era algo peculiar, atestado de gente en la parte superior del mismo no dejaba de aparentar un sitio típico y acogedor. Sonaban muy al fondo unas sevillanas populares, el aire estaba cargado de humo y conversaciones amistosas, sentía un cosquilleo de alegría por mis interiores, estaba feliz desde hacia mucho. Me sirvieron un fino mientras pedida casi a gritos reservar una mesa. Me dijo el camarero, un morenazo guapo y de rizos largos, que no se reservaba mesa, que eran tableros de comedor y que todo el mundo se sentaba junto mientras quedara sitio. Apunto mi nombre y me dijo que ya me llamarían. Extraña cosa pensé, pero era agradable encontrarse con acontecimientos nuevos, toda una experiencia que empezaba a picar mi curiosidad. De repente sonaron unas trompetas como las de las corridas cuando cambian los tercios, y radicalmente se hizo el silencio. Por megafonía empezaron a dar nombres y la gente se apartaba para dejar pasar a los nombrados, que bajaban por unas escaleras chapadas de azulejos azules y blancos y un pasamano de madera tostada. Poco a poco el gentío se fue aclarando. De repente, entre un grupo de sujetos creí entrever el hombre de la mesa del restaurante de la mañana.. Sí, definitivamente era él, debió sentir mi mirada persistente, porque se volvió y me sonrió directamente, devolví la sonrisa y baje la cabeza avergonzada por mi descaro.



Oí mi nombre y como todos hicieron, yo también baje por las escaleras aquellas, encontrándome al final con una inmensa sala toda dispuesta de tableros como había dicho el muchacho; se iban sentando unos al lado de otros correlativamente, así que hice lo propio, quedaban pocos asientos así que di por sentado que había tenido suerte. Las mesas estaban dispuestas alrededor de una tarima de madera, las luces tenues semejaban velas y en las paredes colgaban productos típicos de la comarca..

Cuando todos estuvieron sentados, se abrieron unas puertas y entraron varios camareros vestidos de flamencos, con sendas bandejas de embutidos y carnes, otros aportaban bebidas de toda clase pero sobre todo de buen vino de la región. Abstraída en semejante espectáculo no vi acercarse al atractivo caballero que tanto había captado mi atención... Ahora, por la noche, resultaba más imponente. Trajeado clásicamente : un traje azul oscuro, con tonos rosados, casi violetas, ajustado el pantalón, con chaqueta larga, a, de hombros anchos y muy abotonada, pero sin solapas.Un delicioso perfume, de colonia masculina, le precedía cuando se acercó hasta mi y besó mis dos mejillas, sin mediar palabra. Se hizo un sitio a mi lado y se sentó. Y a pesar del ruido del ambiente festivo que nos envolvía y nos engullía, porque a cada minuto que pasaba se animaba más y más, su voz sonó alta y clara cuando me propuso irnos hasta un lugar de su mesa. Según él desde allí la visión de los bailaores y bailaoras era la ideal.



Nos levantamos. Yo le seguí. Tardamos poco en llegar. (Yo había pensado que, con aquel gentío y aquel ir y venir de camareros y de bandejas, no sería posible llegar sin chocar con alguien o sin pisar a más de uno, pero me equivoque.)Ya sentados observe qué el lugar que él ocupaba, y ahora yo con él, parecía reservado ..., suyo. Y también que, a medida que avanzábamos, iba saludando a unos y a otros con comedidos y afables gestos y ademanes. Todo el mundo parecía conocerlo y a todo el mundo parecía caer bien. Nadie reparaba en mi. Como si yo no fuera su acompañante...

Sólo después de varios minutos juntos, sentados, se presentó. Me dijo su nombre y sus dos apellidos.., y calló, a la espera de que yo le dijera los míos. Pero solo le dije mi nombre. A él debió de gustarle este ligero desplante porque sonrió y asintió como si aquello supusiera una dulce y prometedora picardía por mi parte. Como si el hecho de haber pronunciado sólo mi nombre pudiera tomarse como la mayor de las confianzas... Como si nada más que el nombre bastará saber para afrontar con familiaridad todo lo que pudiera suceder más adelante.
Los cubiertos, las jarras, las bandejas de verduras asadas, carnes, fiambres variadas, muchas distintas formas de aceitunas aliñadas, y entre tanto, aquí y allí en aquella larga mesa, grandes fuentes de cristal llenas de cachos de distintas frutas frías, flotando en agua helada con cubos de hielo, seguramente para mitigar el calor y compensar al paladar de tantos sabores recios, densos y salados.
El son de guitarras, no sé cuantas a la vez, penetro el espacio de la sala y las voces humanas callaron enseguida. Comenzamos a oír cante jondo. Se hizo el silencio. Cada quién tomaba con sus cubiertos lo que más apetecía de las fuentes y bandejas, de las cestas de pan, de las jarras de vino, de las jarras de manzanilla.
Yo sé que comer carne promueve los instintos animales en el ser humano. En compañía de aquel hombre temía que mi cuerpo pudiera desear lo que no debe desearse..., pero tampoco supe retenerme y cogí todo lo que me apeteció. Beber y comer no suponían esfuerzo. Al contrario: era lo mismo que acompañar y contribuir al conjunto humano del festejo. Como añadir una nota musical más a la magia de la fiesta y de la noche...

Tardes de calor Cap. I

Cap.I

Después de mi ruptura con Miguel, decidí escribir otra vez. No tenia muy claro el tema pero siempre tuve ganas de darme una vuelta por la Andalucía pura. El ambiente de los toros y todo la parafernalia podía ser un buen tema.
Prepare las maletas y cogí el primer tren sin pensármelo demasiado. Tenía la cabeza llena de ideas pero no eran saludables, quería cambiarlas por algo más productivo para mi salud y mi bolsillo. Las cosas malas cuanto antes se olviden mejor.
Llegue a Sevilla antes de lo que pensaba, el viaje fue agradable. El hotel estaba a las afueras, elegí en la agencia algo tranquilo para poder centrarme en mi trabajo, pero que estuviera cerca de la capital.
Era media mañana, hacía uno de esos primeros días de primavera espléndidos, así que deposite las maletas me duche, y salí a dar una vuelta, seguramente me quedaría en la ciudad a comer. La recepcionista me recomendó un lugar conocido en la ciudad. Ese acento cantarín y seseante era extraño para mis oídos pero me embelesaba y sentía una extraña sensación de cosquilleo en el estomago. Era como si todos los andaluces ese día estuvieran de buen humor. Me reconforto la idea y salí a la aventura.

Cuando me apee del taxi estaba enfrente a un hermoso parque con nombre de reina.
Maravilloso. Me di un largo paseo observando la gente que por allí circulaba. Saque mi bloc de notas y tome varios apuntes, y dibuje algunas escenas, la experiencia prometía. No podía evitar algunos pensamientos rebeldes que me alejaban de aquella sensación agradable, pero pronto volvía a la realidad, me gustaba aquello, fue una buena idea.
Busque el restaurante recomendado, tuve que preguntar varias veces hasta encontrarlo pero lo logre. No era demasiado grande situado en una plaza céntrica, de ambiente acogedor, solicite al camarero una mesa cerca de las ventanas que daban a la plaza.



La gente entraba, casi toda en grupos, en alegres conversaciones y cantarinas risas. Media hora después toda la estancia estaba repleta. La mesa contigua fue ocupada por un señor de buena planta. Moreno, de bigote canoso y un aire sofisticado de buena cuna. Cruzamos una mirada y él me sonrió deseándome buen provecho; asentí con un gesto de la cabeza y le di las gracias. Quería seguir con mi comida indiferentemente pero aquel personaje me llamaba la atención. Era enormemente atractivo sin ser guapo. Y su aire refinado le daba un toque de aristocracia. Se le acerco el camarero y les oí discretamente hablar de una fiesta flamenca por la noche, me interesaba el tema y cuando me levante para pagar la cuenta le pregunte al camarero prudentemente por ello. Me propuso presentarme al comensal pero me negué. Solo necesitaba una ocupación de interés para pasar unas pocas horas, apunte la dirección y las recomendaciones del muchacho. Al salir salude al tipo con unas buenas tardes mucho más sugerentes de lo que hubiera querido yo. Alquile un coche y estuve dando vueltas y visitando monumentos toda la tarde.



Cuando volví al hotel, al atardecer, el aire era cálido y el cielo anaranjado invitada a destapar un lienzo y plasmar aquélla sensación de bienestar y tibieza. Me duche y desnuda me tumbe en la cama; al poco rato estaba dormida. Me despertaron los rumores de la gente en el jardín; era noche cerrada. Mire el reloj, las 10, buena hora para una cena perfecta, me di prisa en arreglarme y vestirme y pedí un taxi inmediatamente...

19 may 2008

Cien años_Aïcha


Cien años cien...
los que estuve junto a tí.
Las perlas doradas de mis cabellos,
junto a las tuyas se tornaron gris.
Cien años, cien
son los que vivi
junto a tí....

14 may 2008

Tu vuelo_Aïcha


Son tus manos negras alondras,
que en su vuelo acarician mi sombra.
Me alcanza el aire
que mueven
apenas para respirar.
y cuando quiero abrazarte
ya echaste a volar.

13 may 2008

La espera._Aïcha

Un aeropuerto.Unas horas en blanco. Una parada en el tiempo, el unico entretenimiento es observar a los demás.
A mi lado se ha sentado un tipo extraño. Abre su periodico, se sonrie. Aspira profundas caladas a un cigarrillo de plastico y en su cara se dibuja la sonrisa de una felicidad ajena. Pasa las hojas nervioso. Aspira y expulsa el humo imaginario.De repente se pone a dar voces exasperado, me mira sin verme, me habla con la mirada vaga y vidriosa.
Me encojo en el asiento y me miro las uñas.
El tipo se calma. Vuelve a su periodico y a su extraordinario placer de fumar un cigarillo de plastico.

7 may 2008

He vuelto_AÏcha

He vuelto, bueno casi....
Vuelvo con la pereza de la rutina de encontrar cosas que están siempre ahi, que nunca cambian. No son ni buenas ni malas, solo que siempre son igual.
He estado en tierras de Emperadores, he pisado las mismas calles que Marco Antonio, O Cesar. o Pompeyo, he recorrido el palacio que fue originalmente la residencia urbana de Luca Pitti, un banquero florentino, y luego comprado por la familia Médicis en 1539 como residencia oficial de los Grandes Duques de la Toscana, ¿ te imaginas?,he mirado la torre pendente desde los pies hasta las nubes, ¿que puedo decir? uffff
Pos si, yo he paseado por calles llenas de vida, de color, de energía, y volver a mi salón color calabaza, a mis sillones verdes musgo, a mis sabanas de poliester floreado,, bufff
He vuelto, siempre es mejor que nada, pero que grande es el mundo, que de historias, que de maravillas...
Y yo tengo que volver, volver al agujero negro de la vida sin vuelta atrás, sin emociones, sin historias que contar, volver a mi casa, a mi vida, al aburrimiento enfermizo de la costumbre....buahhhhhhhhhhhhh

Cantos a mi memoria...

Quiero cada noche vivir nuestras vidas, y cada mañana despertar a nuestros sueños ...