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21 may 2008

Tardes de calor Cap. II

Cap.II

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El restaurante era algo peculiar, atestado de gente en la parte superior del mismo no dejaba de aparentar un sitio típico y acogedor. Sonaban muy al fondo unas sevillanas populares, el aire estaba cargado de humo y conversaciones amistosas, sentía un cosquilleo de alegría por mis interiores, estaba feliz desde hacia mucho. Me sirvieron un fino mientras pedida casi a gritos reservar una mesa. Me dijo el camarero, un morenazo guapo y de rizos largos, que no se reservaba mesa, que eran tableros de comedor y que todo el mundo se sentaba junto mientras quedara sitio. Apunto mi nombre y me dijo que ya me llamarían. Extraña cosa pensé, pero era agradable encontrarse con acontecimientos nuevos, toda una experiencia que empezaba a picar mi curiosidad. De repente sonaron unas trompetas como las de las corridas cuando cambian los tercios, y radicalmente se hizo el silencio. Por megafonía empezaron a dar nombres y la gente se apartaba para dejar pasar a los nombrados, que bajaban por unas escaleras chapadas de azulejos azules y blancos y un pasamano de madera tostada. Poco a poco el gentío se fue aclarando. De repente, entre un grupo de sujetos creí entrever el hombre de la mesa del restaurante de la mañana.. Sí, definitivamente era él, debió sentir mi mirada persistente, porque se volvió y me sonrió directamente, devolví la sonrisa y baje la cabeza avergonzada por mi descaro.



Oí mi nombre y como todos hicieron, yo también baje por las escaleras aquellas, encontrándome al final con una inmensa sala toda dispuesta de tableros como había dicho el muchacho; se iban sentando unos al lado de otros correlativamente, así que hice lo propio, quedaban pocos asientos así que di por sentado que había tenido suerte. Las mesas estaban dispuestas alrededor de una tarima de madera, las luces tenues semejaban velas y en las paredes colgaban productos típicos de la comarca..

Cuando todos estuvieron sentados, se abrieron unas puertas y entraron varios camareros vestidos de flamencos, con sendas bandejas de embutidos y carnes, otros aportaban bebidas de toda clase pero sobre todo de buen vino de la región. Abstraída en semejante espectáculo no vi acercarse al atractivo caballero que tanto había captado mi atención... Ahora, por la noche, resultaba más imponente. Trajeado clásicamente : un traje azul oscuro, con tonos rosados, casi violetas, ajustado el pantalón, con chaqueta larga, a, de hombros anchos y muy abotonada, pero sin solapas.Un delicioso perfume, de colonia masculina, le precedía cuando se acercó hasta mi y besó mis dos mejillas, sin mediar palabra. Se hizo un sitio a mi lado y se sentó. Y a pesar del ruido del ambiente festivo que nos envolvía y nos engullía, porque a cada minuto que pasaba se animaba más y más, su voz sonó alta y clara cuando me propuso irnos hasta un lugar de su mesa. Según él desde allí la visión de los bailaores y bailaoras era la ideal.



Nos levantamos. Yo le seguí. Tardamos poco en llegar. (Yo había pensado que, con aquel gentío y aquel ir y venir de camareros y de bandejas, no sería posible llegar sin chocar con alguien o sin pisar a más de uno, pero me equivoque.)Ya sentados observe qué el lugar que él ocupaba, y ahora yo con él, parecía reservado ..., suyo. Y también que, a medida que avanzábamos, iba saludando a unos y a otros con comedidos y afables gestos y ademanes. Todo el mundo parecía conocerlo y a todo el mundo parecía caer bien. Nadie reparaba en mi. Como si yo no fuera su acompañante...

Sólo después de varios minutos juntos, sentados, se presentó. Me dijo su nombre y sus dos apellidos.., y calló, a la espera de que yo le dijera los míos. Pero solo le dije mi nombre. A él debió de gustarle este ligero desplante porque sonrió y asintió como si aquello supusiera una dulce y prometedora picardía por mi parte. Como si el hecho de haber pronunciado sólo mi nombre pudiera tomarse como la mayor de las confianzas... Como si nada más que el nombre bastará saber para afrontar con familiaridad todo lo que pudiera suceder más adelante.
Los cubiertos, las jarras, las bandejas de verduras asadas, carnes, fiambres variadas, muchas distintas formas de aceitunas aliñadas, y entre tanto, aquí y allí en aquella larga mesa, grandes fuentes de cristal llenas de cachos de distintas frutas frías, flotando en agua helada con cubos de hielo, seguramente para mitigar el calor y compensar al paladar de tantos sabores recios, densos y salados.
El son de guitarras, no sé cuantas a la vez, penetro el espacio de la sala y las voces humanas callaron enseguida. Comenzamos a oír cante jondo. Se hizo el silencio. Cada quién tomaba con sus cubiertos lo que más apetecía de las fuentes y bandejas, de las cestas de pan, de las jarras de vino, de las jarras de manzanilla.
Yo sé que comer carne promueve los instintos animales en el ser humano. En compañía de aquel hombre temía que mi cuerpo pudiera desear lo que no debe desearse..., pero tampoco supe retenerme y cogí todo lo que me apeteció. Beber y comer no suponían esfuerzo. Al contrario: era lo mismo que acompañar y contribuir al conjunto humano del festejo. Como añadir una nota musical más a la magia de la fiesta y de la noche...

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