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23 jun 2008

Tu vuelo_Aïcha


La distancia_Aïcha

Dicen que la distancia hace el olvido, y una vez más no estoy de acuerdo.
El olvido viene de la rutina, de conocernos demasiado,
de no sorprendernos de madrugada.
La distancia guarda el encanto y el encantamiento,
lo misterioso y lo sutil.
La distancia me preserva de ti,
de la alegoría monótona e infeliz.
Te amo en la distancia, te amo cerca de mí,
pero no invadas mi espacio,
no invada el misterio, lo sutil.




Hay besos-Gabriela Mistral

4 jun 2008

La rosa_Aïcha

Todavía no sé como termine en la academia militar. Lo único que recuerdo claramente es tu rostro entre la multitud. Tu mirada se cruzo con la mía y algo se puso en marcha dentro de mí.
Durante el curso evitamos siempre la excesiva proximidad, nuestras manos jamás se estrecharon, nuestras pieles nunca se rozaron, nuestros labios en ningún modo se tocaron, y si acaso nuestras miradas se encontraban, las desviamos tímidamente.
En la última semana del curso me enteré que te marchabas, te habían concedido la plaza que deseabas. Mi corazón se estremeció y una profunda brecha amenazaba con partirlo en dos.
Aquel día nublado del mes de junio te vi partir calle abajo con el macuto al hombro, la cabeza cabizbaja, la sonrisa perdida. Me acerque a la verja para despedirme de ti silenciosamente. Volviste la cabeza, y por primera vez nuestras miradas se encontraron de frente.
Desanduviste el camino y fuiste en mi busca hasta llegar a mí. En la mano llevabas una rosa roja y un pequeño sobre amarillo. Me los tendiste a través de los barrotes, besaste tus dedos y los posaste sobre mis labios, y sin mediar palabra te vi marchar
Una lagrima amarga rodo hasta mi mano, abrí el sobre, una tarjeta con dos corazones entrelazados y dos palabras –te quiero-, en el reverso un número de teléfono.

Tardes de calor Capítulo VII

VII
Tardes_de_calor_bi...

Como aquella tarde vivimos cada una de las siguientes, siempre con el mismo ardor y el mismo deseo y ansiedad salvaje.
Una mirada, un roce en cualquier sitio nos producía una excitación desbordante, aprovechábamos cada instante, cada oportunidad para besarnos o amarnos.
En ningún momento me plantee si aquello era amor, o seducción, si era efímero o eterno. Solo disfrute cuanto pude, almacenando todos los recuerdos posibles, olvide mi cuaderno de notas, mis obligaciones, todo cuanto no tuviera que ver con Carlos, sufrí y disfrute de una loca pasión que pronto llegaría su fin.

Mis vacaciones se alargaron hasta el limite, mi editorial me reclamaba y tuve que volver al norte. A la rutina y la planicie de mi vida cotidiana. Lo bueno siempre de acaba pronto.
El trabajo, el niño, la casa...
Y heme aquí hoy en el fresco de la terraza, recordando aquellas maravillosas tardes de calor con Carlos. Nunca más supo de mí. Porque así lo quise, nunca más tuve tardes de calor como aquellas, las hecho de menos, echo de menos a Carlos y sus cálidas manos.....
Recordando sus inolvidables versos...
" A nadie le ha sido prometido una mañana.
Mantén en la dicha tu alma nostálgica.
Bebe de este dulce vino en el claro de luna,
Mi amor, que la Luna
brillará muchas noches
sin volver a encontrarnos."

P.D.
A los tres años de publicar la novela, llamaron a la puerta...
Carlos estaba al otro lado sonriente, bello.
-Vengo a buscarte y a ver a mi hijo.

FIN...

Tardes de calor Capítulo VI

VI
Tardes_de_calor_bi...

Cogió un periódico, encendió un cigarrillo y se puso a leer. Durante un rato guarde silencio y me entretuve mirando al patio. Pero de pronto me aburrí.
Carlos pausadamente dejo el periódico, se levantó y atrayendo mi mano me susurró:
-¿quieres dormir la siesta conmigo?
Y sin apenas esperar respuesta remolcó de mí llevándome, no como yo esperaba a mi habitación, sino a la suya .El dormitorio era amplio, bello, decorado con estilo austero pero con una calidez y un aire acogedor. Mientras Carlos se dirigió a las ventanas para entornarlas yo me fije en la cama. En el centro de la alcoba, era de grandes dimensiones, cubierta por una preciosa colcha bordada, y coronada por una fila de enormes almohadas, dos mesillas la escoltaban a ambos lados, las cortinas de gasa fina arrastraban por el suelo, en un rincón dos sillas juntas, un escritorio, una percha vacía.
La luz de la estancia se hizo más tenue, mi compañero se encarriló hacia mí con paso calculado, me empujó suavemente hasta el borde de la cama mientras me besaba las mejillas y el cuello, a la vez que deslizaba sus cálidos y pequeños dedos sobre mis hombros, a fluir sus manos delicadamente por mi espalda dibujando las líneas de mi cuerpo.
Quise decir algo, pero sus labios húmedos taparon mi aliento. Un lento calor empezaba a emanar de mis adentros.
Carlos me sostenía entre sus brazos, se estrechaba contra mí y exhortaba un suave balanceo como marcando el paso de un baile, dúctil, sensual.
Yo advertía a través de la ropa el increccento de su miembro viril, un impulso independiente y autónomo que me producía un delicado placer. Reconozco que no tuve temores, que no tuve pensamientos ajenos a querer aprovechar y disfrutar plenamente de aquel momento que se presentaba, simplemente me deje arrastrar por el afluente de energía y necesidad circunstancial.
Deslizó sus manos bajo el vestido y despacio, suavemente lo arremangó hasta mi cabeza, hasta conseguir sacarlo. Mi cuerpo quedo semi desnudo ante él. Solo el pequeño tanga blanco limitaba la desnudez total.
Arrojó el vestido al suelo, y rodeó con sus manos primero mis hombros y después mis pechos redondos y turgentes, con toda la paciencia y la lentitud del mundo. La impaciencia comenzaba a afligirme, yo pasional y fiera no estaba acostumbrada a un tratamiento tan particular. Me impulsó sobre la cama y se inclino sobre mí, de rodillas. Desabrochó su camisa y aflojó su pantalón, se quitó las sandalias sin dejar de mirarme, tal vez con dulzura tal vez lascivo.
Empuñó una de mis piernas y la subió remisamente hasta su hombro, con la mano derecha desgarró súbitamente el tirante del tanga y comenzó a besar mi pie, mi tobillo, empezó a mordisquear mis muslos lujuriosos. Yo tenia los ojos cerrados, pero sentía bullir en mi bajo vientre un torrente de humedad. Reconocí su lengua húmeda y ardiente pasando por los costados de mi sexo, sin tocarlo por el momento; vibraciones de goce amenazaban por aflorar mientras giraba mi cabeza de lado a lado. Separó mis piernas y ocultó su rostro entre ellas, provocando que mi sangre comenzara a hervir sintiendo que le necesitaba y quisiera más de él. A cada beso cada mordisco un latido acelerado rompía mi pecho, Carlos conocía muy bien la sensibilidad de un cuerpo de mujer. Me acometía el deseo desesperado de la posesión.
Estaba a la expectativa.
Unos segundos después tuve que abrir los ojos pues no ocurría nada. La perpetua sonrisa de Carlos me aguardaba. Su mirada clavada en mí, examinando mi actitud, mi goce, recreándose en mi propio sentir. Incliné hacia adelante mi cuerpo, clave mis uñas en su brazo y con la otra mano le agarré del pelo y le atraje hacia mí. Me sentía salvaje, indomable. Nos besamos desesperadamente buscándonos las lenguas en el interior de las bocas, absorbiéndonos, acariciándonos, empapándonos, revolcándonos uno encima del otro por la enorme cama.
En un pensamiento relámpago pensé que era muy apropiada y que no sería la primera vez que Carlos la utilizara de tal guisa.
Enseguida volví al tema. Esta vez él cabalgaba sobre mis caderas, apoyaba sus manos en mis hombros y con un envite casi violento sentí si verga dentro de mí sin apenas haberme dado cuenta. El hombre pausado y controlador hasta entonces pasó a ser el fiero león semental que llevaba dentro. Un olor agridulce y denso empapa el atmósfera
Arremetió una y otra vez sin descanso, haciéndome perder la cabeza, dejándome sin aliento ni descanso,y de repente contuvo sus movimientos dejándome al borde del éxtasis.
-¡no! Porque paras, exhalé
-despacio, tranquila, tenemos toda la tarde, te daré cuanto pidas y mucho mas...
Toda la tarde, ¡maldito!
-Es que ..
-Si ya sé. Pero déjame, disfruta cuanto puedas...
Se bajó de la cama y cogiéndome de los pies me remolcó hasta el borde. Solo entonces pude observar su miembro, erecto hasta el firmamento, fastuoso, sexual. Maravilloso.
Plantado de pie arrimé mi cabeza hasta él. Empujaba mi cabeza direccionándola hasta donde necesitaba. Yo comprendí qué deseaba. Acerqué mi boca y con la lengua recorrí desde la base hasta la punta dulzona, amarga. Paseé mi lengua por toda su envergadura, magnificencia de la que estaba prendida. Profundos suspiros exhalaban por su garganta mientras la mía se encontraba invadida.
En mi mente no pasaba sino la avidez, la exaltación del deseo, sin embargo su delicadeza para conmigo me hacia retroceder, ser dócil y obediente. Su mano sobre mi nuca me indicaba la presión y el ritmo, ahora despacio y suave, ahora deprisa y fuerte. Lentamente fui abandonando esta tarea, me interesaba también sus labios, sus ojos. Fui subiendo restregando mi lengua y besando todo su cuerpo, a la vez que rotaba mis pechos contra su piel, y colocaba su pierna entre mis muslos. Su jadeo era rozagante e intenso, su epidermis humedecida de perlas cristalinas con sabor salobre, su ritmo cardiaco galopante. Mis uñas apresadas de penuria se clavaban de cuando en cuando en su epidermis. Espasmos de placer nos retorcían y ardientes flujos mojaban las sabanas.
El calor de la estancia era denso de vaho y sopor. Nos amamos y retozamos largo rato, cayendo exhaustos , abrazados en un largo y natural sueño de redención.

Tardes de calor Capítulo V

Tardes_de_calor_bi...

V


La noche pasó, casta y liviana .Ideas ensueños y sensaciones placenteras poblaron mis sueños. Alrededor de las doce todavía retozaba entre las sabanas. El timbrazo del teléfono me sobresaltó; una llamada del exterior.

-Te espero dentro de una hora en el hall.

No hubo ni una palabra más, no me dio tiempo a despertarme. Me volví a echar en la cama y me desperece como un gato. A la hora en punto estaba en el hall, duchada perfumada con un sencillo vestido ibicenco, uno de mis preferidos por dejar al descubierto mis hombros que lucían un dorado bronceado, la larga melena castaña recogida en una trenza y estrenaba unas bonitas Ray Ban que había comprado en Sevilla en una boutique.

Esperaba curiosa la llegada de Carlos, pero en su lugar se acerco a mi un caballero de uniforme, pantalón gris y camisa azulona. Se presentó y dijo venir de parte de Carlos, me rogó que le acompañara; tuve mis dudas pero accedí. Un Mercedes gris plateado esperaba en la puerta. El coche iba dirección sur, por una carretera comarcal bordeada de cotos y sembrados.
De cuando en cuando veía los ojos del chofer por el retrovisor observándome, y una sensación de temor invadía mi estomago, clave las uñas en el asiento en varias ocasiones. Acudían a mi imágenes de secuestros y violaciones, y mi mente quería negarse a pensar en ello.
Después de unos veinte minutos de traslado, el mercedes cogió un desvío de unos metros y se detuvo frente al portón de una finca vallada por un alto muro blanco. En el quicio de la gigantesca puerta de acceso unas letras de hierro pintadas negro rezaban. "Villa Almudena".
La tranquera se abrió sin que nada aparentemente diera señal de nuestra presencia. Penetramos en la propiedad y todavía recorrimos varios Km. mas antes de llegar a la edificación principal.
Un amplio paseo bordeado de jardines bien cuidados llegaba hasta la entrada. El edificio, de construcción típicamente andaluza de dos alturas, encalado de blanco deslumbrante, brindaba frescor y humedad a su entrada. El vestíbulo era ancho con sendas puertas a los lados y una cristalera al frente que daba acceso a un patio interior. El chofer me acompaño hasta allí, y despidiéndose cortésmente me rogó que esperara.


Camine despacio por aquel maravilloso recinto. Las paredes alicatadas de azulejos azules y blanco, las macetas de geranios colgadas de las rejas, la claraboya en el techo difuminando la claridad del día, y por doquier enormes tiestos de plantas adornando los espacios libres contra las paredes. En un esquina una mesa y unas sillas de hierro blanco, y en el centro del patio una preciosa fuente de agua fresca y cantarina.
De pronto sentí acercarse alguien tras de mí, y al volverme una maravillosa sonrisa me acogió.
Carlos se acercó a mí con los brazos extendidos, y antes de poder decir nada me encontraba abrazada a él y besada en la frente.
- Estas maravillosa, querida mí, precisó.
- ¿Quieres ver el cortijo?

Me mostró unos campos verdes y bien cuidados, con algunos ejemplares de toros magníficos a los lejos, proponiéndome un paseo a caballo.
Unas caballerizas con animales de buena crianza. Deduje que Carlos era ganadero, le pregunté:
-¿A que te dedicas Carlos? ¿Eres ganadero?
Me sonrió
-¿porque "Villa Almudena" ¿Es tu esposa?

Se volvió y mirándome profundamente a los ojos paso su pulgar despacio por mi mejilla.
-Quilla preguntas demasiado...Almudena era mi madre...

La respuesta de Carlos me hizo reflexionar. Comprendí que no le gustaba dar explicaciones, y no estaba dispuesto a contestar a muchas preguntas. Opté por la discreción, de momento.

Terminamos el paseo tranquilamente, y me condujo a mis aposentos. Me comentó que había enviado al chofer a mi hotel a liquidar mi cuenta y recoger mis cosas. A partir de aquel momento me quedaría con él en la finca.
Tuve un respingo de mal humor y le amonesté:

-No me gusta que me controlen, ni que manipulen mi vida. Debiste preguntarme primero, todavía no sé que decidiré.
-Te quedaras. Y no te arrepentirás....

Se giro, abrió un armario repleto de ropa:
-Confío que sean de tu talla, María las compró ayer con indicaciones mías, me gusta que mi chica vista ropa cara.
Espero haber acertado en las medidas...
-¿quién es María?
-Es mi subordinada, mi ama de llaves, mi persona de confianza. No te preocupes.

No sabía como sentirme, si halagada u ofendida. Pero lo que me quedo muy claro es que a Carlos le gustaba controlarlo todo.
La comida fue generosa y agradable, un muchacho moreno y fornido nos sirvió. No charlamos demasiado, yo observaba , analizaba y Carlos me observaba y me analizaba a mí. Contestaba con paciencia y amabilidad a mis escuetas preguntas.
Cuando terminamos pasamos a tomar café a un saloncito colindante con un gran ventanal al patio. La casa estaba silenciosa.
-¿cuántas personas viven aquí?
- En la casa, cuatro empelados y yo. Más abajo hay un caserío con cuatro casas ocupadas por familias de peones que trabajan para mí....


Cantos a mi memoria...

Quiero cada noche vivir nuestras vidas, y cada mañana despertar a nuestros sueños ...