Durante el curso evitamos siempre la excesiva proximidad, nuestras manos jamás se estrecharon, nuestras pieles nunca se rozaron, nuestros labios en ningún modo se tocaron, y si acaso nuestras miradas se encontraban, las desviamos tímidamente.
En la última semana del curso me enteré que te marchabas, te habían concedido la plaza que deseabas. Mi corazón se estremeció y una profunda brecha amenazaba con partirlo en dos.
Aquel día nublado del mes de junio te vi partir calle abajo con el macuto al hombro, la cabeza cabizbaja, la sonrisa perdida. Me acerque a la verja para despedirme de ti silenciosamente. Volviste la cabeza, y por primera vez nuestras miradas se encontraron de frente.
Desanduviste el camino y fuiste en mi busca hasta llegar a mí. En la mano llevabas una rosa roja y un pequeño sobre amarillo. Me los tendiste a través de los barrotes, besaste tus dedos y los posaste sobre mis labios, y sin mediar palabra te vi marchar
Una lagrima amarga rodo hasta mi mano, abrí el sobre, una tarjeta con dos corazones entrelazados y dos palabras –te quiero-, en el reverso un número de teléfono.
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