Etiquetas

26 may 2008

Tardes de calor Cap. III

Tardes_de_calor_bi...
III
Entre tanto ir y venir de una fuente a otra, cuando elegantemente Carlos alargaba el brazo para servirme vino, alguna que otra vez la tela de la manga de su camisa rozaba suavemente el volumen de mis senos. El me miraba y se sonreía discretamente. Yo, pícara pero sin intención le devolvía la sonrisa, involuntariamente acudían a mí imágenes de fantasías por consumar, promesas por cumplir. ¡qué diablos después de todo estaba de vacaciones, buscando aventuras que contar!
El apetito de los comensales poco a poco fue satisfecho y cada vez era mayor la atención prestada al escenario. Los camareros retiraron los enseres discretamente y la gente disfrutaba del espectáculo. Me lo estaba pasando genial, mentalmente me reproche no haber traído mi cuaderno de notas. Carlos volvió su magnífico rostro hacia mi y amistosamente me pregunto si me gustaba, si me sentía bien, asentí con un gesto de la cabeza, entonces sin mediar mas palabras paso su brazo derecho por mi hombro. Un escalofrío recorrió mi espinazo.



Y a pesar de que estoy segura de que él se percató de mi impresión, sin embargo, ni el más mínimo gesto dejo traslucir que lo hubiera hecho. Parecía que para él tan natural como la música que nos envolvía fuera que su brazo me rodeara. Y, para decirlo todo, yo también sentí lo mismo al cabo de algunos instantes. Tanto, que acabé cogiendo su mano yo también. Ninguno de los dos sabemos cómo, pero esas manos descansaban sobre mi pecho cuando los músicos, cantaores y bailaoras pidieron tiempo para hacer un descanso y refrescarse. Ambos las apartamos como alertados por un aviso. Pero ahora nuestra conversación era más íntima, más directa; nuestras miradas más intensas, más expectantes, más atentas a lo que cada uno veía en el otro. Nos estábamos estudiando. Nos estábamos amando con nuestra conversación. Aunque, tal vez, conversación no sea la palabra, pues él me hablaba de detalles tan sutiles como imposibles de conocer en ninguna otra parte: las bulerías, los tarantos, y sobre todo las cañas, me decía, habían arrancado sangre, y él lo había visto, de los pulmones de muchos cantaores que en otros tiempos, (tiempos de mucha necesidad), se habían atrevido con géneros de tanta dificultad. Sólo dos de entre los inmortales que dominaban todos los palos, El Naranjito y el Niño de la Puebla, habían sido capaces de cantar más de cuatro tarantos seguidos en la misma noche. Y nadie, que él supiera, más de tres cañas. Hablaba y hablaba y con sus palabras me parecía poder entender el tono, las inflexiones, el timbre, la vibración y hasta el alma o el porqué de cada palo.

No hay comentarios:

Cantos a mi memoria...

Quiero cada noche vivir nuestras vidas, y cada mañana despertar a nuestros sueños ...