| Tardes_de_calor_bi... |
Cogió un periódico, encendió un cigarrillo y se puso a leer. Durante un rato guarde silencio y me entretuve mirando al patio. Pero de pronto me aburrí.
Carlos pausadamente dejo el periódico, se levantó y atrayendo mi mano me susurró:
-¿quieres dormir la siesta conmigo?
Y sin apenas esperar respuesta remolcó de mí llevándome, no como yo esperaba a mi habitación, sino a la suya .El dormitorio era amplio, bello, decorado con estilo austero pero con una calidez y un aire acogedor. Mientras Carlos se dirigió a las ventanas para entornarlas yo me fije en la cama. En el centro de la alcoba, era de grandes dimensiones, cubierta por una preciosa colcha bordada, y coronada por una fila de enormes almohadas, dos mesillas la escoltaban a ambos lados, las cortinas de gasa fina arrastraban por el suelo, en un rincón dos sillas juntas, un escritorio, una percha vacía.
La luz de la estancia se hizo más tenue, mi compañero se encarriló hacia mí con paso calculado, me empujó suavemente hasta el borde de la cama mientras me besaba las mejillas y el cuello, a la vez que deslizaba sus cálidos y pequeños dedos sobre mis hombros, a fluir sus manos delicadamente por mi espalda dibujando las líneas de mi cuerpo.
Quise decir algo, pero sus labios húmedos taparon mi aliento. Un lento calor empezaba a emanar de mis adentros.
Carlos me sostenía entre sus brazos, se estrechaba contra mí y exhortaba un suave balanceo como marcando el paso de un baile, dúctil, sensual.
Yo advertía a través de la ropa el increccento de su miembro viril, un impulso independiente y autónomo que me producía un delicado placer. Reconozco que no tuve temores, que no tuve pensamientos ajenos a querer aprovechar y disfrutar plenamente de aquel momento que se presentaba, simplemente me deje arrastrar por el afluente de energía y necesidad circunstancial.
Deslizó sus manos bajo el vestido y despacio, suavemente lo arremangó hasta mi cabeza, hasta conseguir sacarlo. Mi cuerpo quedo semi desnudo ante él. Solo el pequeño tanga blanco limitaba la desnudez total.
Arrojó el vestido al suelo, y rodeó con sus manos primero mis hombros y después mis pechos redondos y turgentes, con toda la paciencia y la lentitud del mundo. La impaciencia comenzaba a afligirme, yo pasional y fiera no estaba acostumbrada a un tratamiento tan particular. Me impulsó sobre la cama y se inclino sobre mí, de rodillas. Desabrochó su camisa y aflojó su pantalón, se quitó las sandalias sin dejar de mirarme, tal vez con dulzura tal vez lascivo.
Empuñó una de mis piernas y la subió remisamente hasta su hombro, con la mano derecha desgarró súbitamente el tirante del tanga y comenzó a besar mi pie, mi tobillo, empezó a mordisquear mis muslos lujuriosos. Yo tenia los ojos cerrados, pero sentía bullir en mi bajo vientre un torrente de humedad. Reconocí su lengua húmeda y ardiente pasando por los costados de mi sexo, sin tocarlo por el momento; vibraciones de goce amenazaban por aflorar mientras giraba mi cabeza de lado a lado. Separó mis piernas y ocultó su rostro entre ellas, provocando que mi sangre comenzara a hervir sintiendo que le necesitaba y quisiera más de él. A cada beso cada mordisco un latido acelerado rompía mi pecho, Carlos conocía muy bien la sensibilidad de un cuerpo de mujer. Me acometía el deseo desesperado de la posesión.
Estaba a la expectativa.
Unos segundos después tuve que abrir los ojos pues no ocurría nada. La perpetua sonrisa de Carlos me aguardaba. Su mirada clavada en mí, examinando mi actitud, mi goce, recreándose en mi propio sentir. Incliné hacia adelante mi cuerpo, clave mis uñas en su brazo y con la otra mano le agarré del pelo y le atraje hacia mí. Me sentía salvaje, indomable. Nos besamos desesperadamente buscándonos las lenguas en el interior de las bocas, absorbiéndonos, acariciándonos, empapándonos, revolcándonos uno encima del otro por la enorme cama.
En un pensamiento relámpago pensé que era muy apropiada y que no sería la primera vez que Carlos la utilizara de tal guisa.
Enseguida volví al tema. Esta vez él cabalgaba sobre mis caderas, apoyaba sus manos en mis hombros y con un envite casi violento sentí si verga dentro de mí sin apenas haberme dado cuenta. El hombre pausado y controlador hasta entonces pasó a ser el fiero león semental que llevaba dentro. Un olor agridulce y denso empapa el atmósfera
Arremetió una y otra vez sin descanso, haciéndome perder la cabeza, dejándome sin aliento ni descanso,y de repente contuvo sus movimientos dejándome al borde del éxtasis.
-¡no! Porque paras, exhalé
-despacio, tranquila, tenemos toda la tarde, te daré cuanto pidas y mucho mas...
Toda la tarde, ¡maldito!
-Es que ..
-Si ya sé. Pero déjame, disfruta cuanto puedas...
Se bajó de la cama y cogiéndome de los pies me remolcó hasta el borde. Solo entonces pude observar su miembro, erecto hasta el firmamento, fastuoso, sexual. Maravilloso.
Plantado de pie arrimé mi cabeza hasta él. Empujaba mi cabeza direccionándola hasta donde necesitaba. Yo comprendí qué deseaba. Acerqué mi boca y con la lengua recorrí desde la base hasta la punta dulzona, amarga. Paseé mi lengua por toda su envergadura, magnificencia de la que estaba prendida. Profundos suspiros exhalaban por su garganta mientras la mía se encontraba invadida.
En mi mente no pasaba sino la avidez, la exaltación del deseo, sin embargo su delicadeza para conmigo me hacia retroceder, ser dócil y obediente. Su mano sobre mi nuca me indicaba la presión y el ritmo, ahora despacio y suave, ahora deprisa y fuerte. Lentamente fui abandonando esta tarea, me interesaba también sus labios, sus ojos. Fui subiendo restregando mi lengua y besando todo su cuerpo, a la vez que rotaba mis pechos contra su piel, y colocaba su pierna entre mis muslos. Su jadeo era rozagante e intenso, su epidermis humedecida de perlas cristalinas con sabor salobre, su ritmo cardiaco galopante. Mis uñas apresadas de penuria se clavaban de cuando en cuando en su epidermis. Espasmos de placer nos retorcían y ardientes flujos mojaban las sabanas.
El calor de la estancia era denso de vaho y sopor. Nos amamos y retozamos largo rato, cayendo exhaustos , abrazados en un largo y natural sueño de redención.
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