Teníamos una buena historia, hasta que un borracho se cruzó en el camino de mi marido y truncó nuestras vidas para siempre. Decidí vender el apartamento y llevarme a mis hijas a un lugar donde los recuerdos no dolieran en tanto. Escogí una casita en medio de la campiña rodeada de viñedos donde los amaneceres tenián un aroma especial.
Al poco de estar instalados los vecinos más cercanos se presentaron un día invitandonos a participar en una barbacoa en su jardín. Acepte sin mucho entusiasmo, por cortesía, ambos eran gitanos, y no es que fuera racista ni tuviera prejuicios pero me habían educado para que me mantuviera al margen, para que no me mezclara con gente que no fuera de mi clase social. Acepte porque me gustaban, iban vestidos impecablemente, traían consigo una fiesta de frutas y una botella de vino.
Supe que él era cirujano y eso me intrigo profundamente, me habían inculcado que éste tipo de personas eran prácticamente analfabetas y bohemias y tenía un concepto de ésa raza absolutamente equivocado y eso me indujo a aceptar, añadiendo además que me apetecía tener algún tipo de relación con alguien próximo, por si alguna vez tuviera un problema poder contar con la ayuda de alguien.
Quedamos para el sábado, así tuve media semana para pensar en otra cosa que no fueran mis llagas.
El viernes después de recoger a las niñas del colegio del pueblo, nos pasamos la tarde cocinando un par de tartas, les había contado que nuestros vecinos tenían un niño que aunque parecía muy mayor, era común niño muy chico y que debíamos portarnos muy bien con él.
Sobre el mediodía nos presentamos allí, ya tenían dispuesto todo para la barbacoa, la casa era preciosa y decorada con gusto exquisito, el jardín no era demasiado grande pero estaban muy arreglado; la mesa estaba dispuesta en una esquina cubierta con un toldo de rayas naranjas, en medio había un pozo de piedra y de forja. Todo alrededor un terraplén de flores multicolores le daban un colorido encantador, en el lado más largo una verja oxidada daba paso a un camino vecinal donde fluía lindando la pared de la valla, una acequia por donde corria ese momento una agua fangosa .
-Tenemos que cambiarla, dijo José al darse cuenta que yo la estaba observando, está encargada, pero aún no la han traído y esa está tan oxidada que no podemos moverla.
Más allá del camino de tierra una vasta extensión de viñedos se perdía en el horizonte.
-Ya viene Joséle., mi hijo.
Yo estaba en antecedentes de su discapacidad pero al ver aquel hombre todo gesticulando descontroladamente me sobresalté un poco, me arrime, le salude, y quise darle un beso, cosa que él rehúso girándose bruscamente.
-No se lo tenga en cuenta, dijo su padre, no le gusta el contacto de los extraños, por él estamos aquí. Tiene una cuidadora personal, tuvimos que sacarlo de la residencia donde estaba porque no se adaptaba.
Encendimos la barbacoa y fui a la cocina a ayudar a Carmen, los niños y José estaban haciendo buenas migas y andaban revolviendo en una caja llena de juguetes.
-Se lleva bien con los niños, no se preocupe, dijo Carmen, son los niños los que no se llevan bien con él, pero sus hijas parecen buena gente.
Me sonreí.
Carmen era una mujer hermosa, le calcule unos 40 años, el pelo peinado en un moño estirado con mucho estilo, perfilado aquí y allí de alguna carga brillante; la piel maquillada discretamente, se adornan de unos pendientes de azabache y una gargantilla india a juego. Estuvo un rato contándome la historia de Joséle, sus desafortunadas experiencias médicas y luego en la residencia. Ella había sido maestra de joven, pero tuvo que dejarlo después del nacimiento del niño, suceso que aún a día de hoy no tenía superado, de hecho nunca volvieron a tener más hijos. Yo también conté las causas de mi presencia y el cambio que había supuesto para nosotras el fallecimiento de mi marido.
Hacía un día estupendo, la comida fue genial, las chicas y yo disfrutamos mucho, la conversación se hizo amena, terminamos hablando de leyendas urbanas y cómo se suponía que los gitanos eran sobremanera supersticiosos.
-Cuando yo era pequeña, mi abuelo me contaba que llegaría un día que el mundo se volvería loco, que se declararía una gran Guerra, en la que los hermanos lucharían contra los hermanos, hasta la total extinción del género humano, primero serían razas contra razas, pueblos contra pueblos, familias contra familias, y que el presagio de todo eso sería la visión de un burro viejo con una oreja comida por un caballo.
Me quede plasmada durante un momento y al final sonreí.
-No es más que otra leyenda, Carmen.
En ese momento oímos unas voces, unos ruidos que procedían del camino vecinal, todos giramos la cabeza, se acercaba una caravana por la carretera.
Eran un grupo de ocho carretas repletas de forraje, amarrado con unas cuerdas. Media docena de perros sueltos andaban mordiendo en las pantorrillas de los asnos y los bueyes, y un hombre gordo subido en un mulo con un látigo en la mano marcaba el camino. Cuando estuvieron a nuestra altura, mi hija mayor que estaba subida encima de los bancos que rodeaban la mesa dijo:
-mira mama, un león.
Era un animal enclenque, descarnado con una melena estropajosa y sucia, un animal muy mal cuidado, llevaba un arnés y tiraba de una carretilla llena de paja. De repente el animal giro la cabeza, hizo una embestida y se salió de la fila. En su movimiento descontrolado cayó dentro de la acequia tragando aquella agua fangosa y arrastrando tras de sí la carretilla. Logró salir alcanzando la pequeña rampa que cruzaba el canal accediendo al jardín por la verja abierta. Nos quedamos todos petrificados del susto. La jauría de perros le persiguió hasta allí, todos dentellándole y apartándose para evitar los zarpazos de la fiera que estaba sujeto a la carretilla con la paja mojada.
Uno de los perros, el más fiero le profirió un mordisco en la cara, no sin salir malherido imponiendo al león para que volviera a salir por donde había entrado. Pensamos que todo había pasado cuando vimos al perro malherido debajo de la mesa, inconsciente de mi se me ocurrió atisbarle con el pie, el perro se encaró, reclinando los riñones en pose de ataque remangando los belfos y enseñándome unos dientes amarillentos, sus ojos dorados llenos de furia y su cara lacerada de cortes. Sólo tuve el instinto de subir las piernas encima del banco, interponiéndolas entre el perro y mis hijas y abrazándolas. Alargue la mano despacio y cogí un plato vacío de la mesa, me dio el tiempo justo de usarlo como escudo cuando el perro ya se abalanzaba sobre mi, al mismo tiempo que sonaba el estrépito atronador de un disparo que nos aterrorizó a todos.
El perro tras el golpe con el plato y el susto del disparo salió corriendo por el camino hasta perderse de vista.
No sé en qué momento José salió del patio, ni en qué momento volvió con la escopeta pero fue lo más oportuno del mundo.
Aquella estampa de ese momento nunca se me olvidará. Alto, erguido, la camisa desabrochada , el arma en alto, el pelo revuelto, se me antojó la imagen de los antiguos bandoleros.
Estaba consolando y abrazando a mis hijas cuando de pronto Carmen se puso a gritar, todos la miramos.
- ¡Ay virgencita del Carmen, ay Cristo Moreno de los gitanos, válgame el cielo!
Estaba compungida, tenía el brazo alargado y todos miramos en la dirección que apuntaba su dedo. La caravana ya había pasado y el último miembro que andaba la saga amarrado de una sobra larga, era un burro viejo y decrépito; tenía una oreja caída pegada a sus crines y la otra le colgaba hasta el quijal deformada por lo que parecía una dentellada.
José acudió a abrazará a su mujer, me miró, abrió un brazo en el que me cobijé rodeada de mis hijas. Joséle, este niño gigantón se sumó al quinteto, abrió los brazos y nos rodeo a todos. Arrime mi cara a la suya y le di un sonoro beso en toda la mejilla, esta vez sí lo aceptó y me lo devolvió con creces.
