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10 ago 2015

El semáforo...©Aïcha 2015





Es curioso 
 por mucha prisa que me dé siempre llego tarde. Siempre llego tarde a ese semáforo, siempre lo pillo en rojo. Me paso el rato mirando a mis compañeros de trafico, con aire preocupado, cabreado, abstraído, cruzamos miradas a veces de mosqueo, de curiosidad, de indiferencia. Anteayer fue diferente, te he visto por en medio de los coches saltando, picoteando migajas invisibles, retorciendo tu cuello para mirar confiada esos monstruos de hierro de cuatro ruedas que te amenazan ruidosos. Pero justo cuando el semáforo cambió de color emprendiste el vuelo, ágil, inmaculada, airosa como si un quinto o noveno sentido de supervivencia te advirtiera; he sentido alivio en el corazón. Ayer volví a parar en el mismo semáforo a la misma hora, ya no me había acordado de ti, pero de pronto tus blancas alas se posaron en mitad de la calle, andabas ligera, altanera y confiada, desafiando el poder que da la confianza de hacerlo una vez y otra sin que nada ocurra y tienes controlada la situación. Al rugir el motor de los vehículos solo te apartas un poco dando saltitos. Hoy también esperaba verte en el mismo semáforo pero no sé porque tenia el presentimiento que hoy no estarías. Estaba equivocada, sí estabas, extendida en medio del asfalto, con las alas quebradas y el cuerpo aplastado. Mi corazón se ha encogido y mi alma se ha estremecido, he aquí el ejemplo más simple de la crueldad y la pasividad humana, las prisas el stress la ignorancia y sabe Dios cuantas cosas mas. Ni siquiera se respetan ya ni las palabras ni los símbolos, ahí yaces en medio de la urbe depredadora, arrellanada paloma blanca con el cuerpo ensangrentado. 
 

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