Domingo. 3 de la tarde. Me recojo y me cobijo
en el espacio del lecho que dejas libre.
Cierro los ojos, me relajo, me debilito,
y me doy cuenta
que la ciudad se ha callado.
Musa, impasible, serena,
Ni un coche ni una voz en la calle.
Y me dejo envolver
por el abrazo tibio, etéreo de Morfeo.
Y mis ventanas se pueblan
de paisajes fantásticos,
Y la mudez insólita
acomete mis sentidos.
De repente
Un chirriar de ruedas,
Una lata de música andante
Destripa,
hace añicos mis sueños de paraíso.
Miro el reloj…
Las tres y cinco.
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